Vicente Soler y las falsas expectativas de la Conferencia de Presidentes

Jose_marco_100la carta magna recoge la asimetría fiscal, un pecado original que establece un trato privilegiado a las comunidades forales –Euskadi y Navarra– frente al resto de regiones“.

Vicente Soler, Consejero de Hacienda de la Comunidad Valenciana, es un tipo optimista, un bicho raro que sigue confiando en la existencia de valores como la lealtad –habrá que ver qué entiende él por lealtad– o el interés general. Soler, que ha firmado una declaración conjunta con su colega murciano Andrés Carrillo sobre las bases que debieran guiar el nuevo sistema de financiación autonómica, ha asegurado que “con los problemas de Cataluña o sin ella esto se va a atajar como sea, porque es un problema que afecta a todos y no hay excusa posible para no atajarlo”.

El consejero valenciano parece olvidar tres detalles fundamentales que, en estos momentos, hacen imposible resolver el sudoku de la financiación autonómica: uno, la carta magna recoge la asimetría fiscal, un pecado original que establece un trato privilegiado a las comunidades forales –Euskadi y Navarra– frente al resto de regiones. Por muy constitucional que sea, no deja de ser injusto. Dos, repartir dinero es repartir poder. Solo un ingenuo o un iluso puede pensar que el gobierno de turno estará dispuesto a renunciar al poder político que supone la gestión de los numerosos Fondos creados a la carta: Fondo de Cooperación y Competitividad, Fondo de Suficiencia Global, Fondo de Convergencia, Fondo de Garantía, Fondo de Liquidez (FLA). Tres, el problema catalán. El gobierno catalán –que no Cataluña– no quiere una financiación justa, quiere que se reconozca su singularidad, es decir, un trato privilegiado igual o mejor que el de las comunidades forales.

No niego que los compromisos adoptados en la cumbre de Presidentes estén cargados de buenas intenciones ni tampoco que todo vaya a caer en saco roto. Es muy probable que se consigan avances en el tema de la dependencia, en la creación de una tarjeta social que minore el fraude en prestaciones sociales, en la creación de un Consejo Nacional de Protección Civil que integre a todas las regiones e incluso algún avance en favor de un Pacto Nacional sobre educación.

También tenía buena intención el café para todos de Clavero Arévalo y, sin embargo, lejos de resolver el problema, solo sirvió para favorecer el clientelismo político, para aumentar la brecha entre regiones ricas y pobres, y para que Cataluña lance un órdago en toda regla al Estado cuyas consecuencias no podemos siquiera preveer.

Insisto, díganme pesimita, pero, en mi modesta opinión, el debate sobre financiación autonómica está abocado al fracaso mientras no se produzca una reforma constitucional que, por lo menos, acabe con la asimetría –régimen foral y régimen común–, que establezca una autonomía tributaria, que concrete el grado de nivelación y solidaridad entre territorios, que clarifique las competencias de las CCAA y del Estado, que refuerce el Consejo de Política Fiscal y Financiera, y que refuerce el Senado. Demasiado esfuerzo para tan poca capacidad.

Por todo ello, lamento estar más cerca de la opinión de Carlos Puigdemont –sin que sirva de precedende y por razones distintas– cuando justificó su ausencia a la Cumbre porque era una pérdida de tiempo, que de la de Vicent Soler. Demasiadas expectativas, falsas expectativas que los últimos acontecimientos parecen confirmar y que darían la razón a Puigdemont. Y lo siento.

José SIMÓN GRACIA

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