Singularidad sí, privilegios no

Sueña a diario el trilero de la plaça Sant Jaume con aquella pitada clamorosa, contundente, propinada al invasor Borbón. Rezuma placer reviviendo como su cuerpo se tapizaba de miles de vesículas repletas de alomonas ,como estallaban a cada silbido inundando el estadio, como se acercaba la masa a sus pies atraída por ese aroma balsámico que sólo los tocados por la mano de Dios pueden insuflar . Sueña el trilero ser aclamado en la tribuna del Bernabéu catalán rodeado a diestra y siniestra por una pléyade de ilustres siervos republicanos que agitan, extasiados, banderitas estrelladas.

No recuerda Artur Mas cuándo empezó a tener sueños de grandeza ni cuándo a vivir en ellos. Tampoco lo saben quienes dicen conocerle, aunque algunos que le rozaron en su etapa terrenal afirman que siempre fue singular y quien tiene la oportunidad de preguntarle cuándo descubrió su gracia recibe siempre el mismo mensaje: “ es el destino “.

Desde su palacio medieval, Artur dedica toda energía a su proyecto sedicioso. Recuerda una y otra vez las enseñanzas goebbelianas que transmite con solemnidad a sus fieles, mientras afina su singular tramoya desde la que controla todos los escenarios sometidos a su mando. Se regodea con su astucia. “Ha sido genial lo de Germà Gordó”, piensa, mientras contempla aliviado como los medios hostiles persiguen el cebo y se olvidan de lo que, paradógicamente, es su mayor fortaleza y, a la vez, su mayor debilidad: la Lista.

La fortaleza de la Lista radica en haber sido capaz de vender su estafa democrática en todos los mercados independentistas. Hasta las paradas con más solera, ERC, han retirado su cartel. ¿Quién pensaba que Lluís Llac iba a regalarle l’Estaca a CDC, paradigma de la corrupción en Cataluña? ¿Quién imaginó alguna vez que Romeva justificaría abiertamente las políticas de recortes del “govern”? ¿Quién osó siquiera imaginar al “caganer” Junqueras convertido en llepaire (llepaculs) de l’Honorable?. Aún más, ¿alguien habría imaginado un ataque tan feroz, por parte de la cuota izquierdista de la “Llista” a sus otrora compañeros Lluís Rabell o a Joan Coscubiela, miembros ambos de la plataforma Catalunya Sí que es Pot ? . Por si todo ello no pareciera suficiente, la ANC, principalmente, y Omnium, actúan como una muy efectiva agencia publicitaria sin licencia presta a gestionar todos los eventos de la campaña electoral del President. De no ser por el riego de millones previo, pensaríamos que el asunto es meritorio.

La debilidad, como he dicho anteriormente, está en su propia fortaleza: el corta y pega diseñado por el trilero no resulta más que un mosaico sujeto únicamente por el recuerdo de las feromonas y las proclamas antiespañolas que los medios afines recitan como un rosario. En ese frágil y pintoresco collage, algunas fuerzas políticas habían encontrado un filón para remarcar el sinsentido, la irracionalidad de la misma. No deberían estas fuerzas entrar al trapo de los señuelos, presentes y futuros, que navegarán por aguas catalanas hasta el 27S. Quienes no apuestan por la ruptura deberían, además de incidir en las contradicciones reseñadas, exigir unos mínimos de calidad democrática que, a mi modesto parecer, pasan por:

Uno: aceptar y respetar que el “demos” está por encima del “etnos”; es decir, asumir que el pueblo está por encima de la etnia. En palabras de Habermas: “La ciudadanía democrática no necesita estar enraizada en la identidad nacional de un pueblo, sino socializar a todos sus ciudadanos en una cultura política común y atribuirles los mismos derechos y deberes”.
Dos: normalizar que la singularidad dentro de la diversidad es consustancial con la nación española. Reconózcanse cuantas singularidades territoriales se estimen en base a lengua, cultura, tradiciones, siempre que se garantice la no discriminación de sus ciudadanos. Singularidad sí, privilegios no.
Tres: denunciar la política impostada del nacionalismo catalán y la indecente identificación y apropiación de Cataluña por parte de sus élites .
Cuatro: asumir con normalidad, si fuera necesario y dada la ineficacia de los argumentos contra las pasiones, la fuerza coercitiva de la ley.

El reto al que nos enfrentamos los catalanes y el resto de españoles es , precisamente, romper con esa política impostada que practica el nacionalismo catalán. Resulta patético que quienes invocan la democracia y el derecho a decidir sean precisamente quienes practican políticas identitarias que pretenden homogeneizar a sus ciudadanos en torno a un sueño. Y los sueños, como escribió Calderón, sueños son. Por eso, porque no queremos vivir en una montaña rusa controlada por iluminados de uno u otro tipo, debemos ser conscientes de lo mucho que nos jugamos en las próximas elecciones y actuar en consecuencia. La solución está en nuestros votos.

José SIMÓN GRACIA

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