¿Libertad de expresión o comportamiento gregario?

Jose_marco_100“Dedicado a quienes pitaron al Rey y al himno nacional, en ésta o en cualquier otra edición”

Aclaremos, de entrada, que me importa un bledo, o un pito, que pitaras mientras sonaba el himno nacional español.  Lo mismo me importa la respuesta que puedan dar las autoridades a esa acción que protagonizasteis unas decenas de miles de españoles  durante la celebración de la final de la Copa de Rey. Lo considero una manifestación primitiva, antagónica a esa pretendida libertad de expresión a la que se acude por la necesidad de justificar el acto. El hecho en sí, la necesidad de justificar la pitada, denuncia su propia debilidad.

No me interesa, en estos momentos, qué dice la ley sobre la libertad de expresión. Tampoco, definir adecuadamente el concepto. Como tajantemente afirmó Nietzsche “ sólo los términos al margen de la historia admiten una definición convincente”. Efectivamente, es fácil definir el número dos pero difícilmente lo es democracia, justicia o libertad. Tampoco le interesaba mucho a Paul Valéry para quien libertad “es una de esas detestables palabras que tienen más valor que sentido”.

Mi interés radica en reflexionar hasta qué punto la pitada es un acto de libertad desde una visión antropológica.
Aquello que define al ser humano, lo que le distingue del resto de los animales, es la capacidad de acción. Aún más, tenemos la necesidad de actuar. Podemos elegir cuándo, dónde y cómo, pero no nos está permitido eludir la acción. Sartre lo definía afirmando que “los hombres estamos condenados a la libertad”.

Los humanos proponemos y creamos estilos de vida que compartimos con los demás, estableciendo, de este modo, un vínculo social, una religión (religare). Y así creamos modelos simbólicos colectivos que intentan reflejar la realidad, modelos que se encuentran en continua, en permanente modificación. ¿Cómo actuamos, cómo proponemos y creamos esa religión?

La acción humana, la libertad, se fundamenta en tres pilares: uno, conocimiento de nuestra realidad y de sus causas; dos, identificar aquellos elementos que creemos más significativos; tres, voluntad de elegir. Ésta última es precisamente la que da validez a la acción, la voluntariedad. Una acción para que sea realmente libre debe ser voluntaria.

Aristóteles, al respecto, apuntó dos grandes frenos a la voluntad, a la libertad: la ignorancia y la fuerza.
En la acción de pitar al himno nacional se vislumbra con claridad la primera de las dos perversiones, la ignorancia, y, de forma sibilina pero tremendamente eficaz, también la segunda: la coacción.

Respecto a los conocimientos de la realidad y sus causas, parece razonable establecer que, en el caso que nos ocupa, al menos la mitad de los asistentes desconocen en gran medida la realidad social, política y económica catalana, en base a la cual diversas entidades organizaron la pitada. De hecho, si a los vascos les garantizas el título de Copa aplauden el himno hasta con las orejas. Por ello, me centraré exclusivamente en la parte catalana. El “credo” soberanista, se manifiesta, al menos con la virulencia que hoy conocemos a partir del miedo al fracaso de un personaje con tintes acaudillados llamado Artur Mas. Con el poder que le otorga tener firma en el DOGC, el President de la Generalitat inició el “procés” como una operación que le habría de evitar el “sorpasso” de ERC, al tiempo que tapaba sus vinculaciones con las tramas de “la familia”, del “clan Pujol-Ferrusola-¿Mas?”.

Con la ayuda inestimable de la Corporació, de los medios generosamente subvencionados, de organizaciones “pseudo-socio-culturales” como ANC y Omnium, de la AMI -agrupa a más de 700 municipios pero sólo al 30% de la población- y de las Diputaciones provinciales que controlan -cuyos presupuestos millonarios se han puesto descaradamente al servicio del proyecto secesionista-, el llamado “bloque soberanista” inició la construcción simbólica de una realidad catalana que no existe, al menos para más del 50 % de sus ciudadanos. Esa otra mitad, esa otra parte de la sociedad, jamás ha tenido medios públicos para explicitar, en condiciones de igualdad, su visión de la realidad. Los medios la han ocultado y la ocultan sistemáticamente. Como ocultan la corrupción, tan allegada, por cierto, al soberanismo. Y poco importa que cada día se alcen más voces críticas con el mal llamado “procés”. Su relato no forma parte de la realidad, no porque no exista sino porque se oculta y se niega. A partir de aquí, ¿alguien puede creer, en rigor, que conoce la realidad catalana y, más aún, sus causas?

La pitada no fue tampoco -y ahí radica su segunda perversión-, estrictamente hablando, un acto de libertad individual por varias razones, entre las cuales apuntaré cinco: primera, la pitada fue diseñada y organizada con antelación; segunda, la pitada fue dirigida por un reducido grupo de personas bajo el paraguas del gobierno de la Generalitat; tercera, el comportamiento de la masa social en un estadio de fútbol constituye la manifestación más evidente de comportamiento gregario, que tiene más relación con nuestra parte biológica que con la simbólica, propiamente humana; cuarta, añadan las dosis que ustedes prefieran de “extras” que acompañan estos eventos y que no invitan precisamente a actuar con total libertad; quinta y última, la sonrisa delatora de Artur Mas que contempla con satisfacción el control que ejerce sobre la masa, cual pastor sobre su rebaño.

Por todo lo expuesto considero que la pitada al Rey y al himno nacional no fue un acto de libertad de expresión sino una simple manifestación de comportamiento gregario, primitivo, que nos aproxima a lo animal y nos aleja de lo humano.

Este artículo no tiene fecha de caducidad.

José SIMÓN GRACIA

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2 Responses

  1. Eva dice:

    Si a los vascos les garantizas el triunfo… etc…. no estoy de acuerdo. Aunque si, con todo tu artículo. Un saludo Josep.

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