Embriaguez independentista

Justo cuando en algunos ayuntamientos catalanes se empieza a cumplir la ley de banderas, el Parlamento catalán ha declarado la guerra de la desobediencia a España. Al más puro estilo catalán, JxSí y la CUP instan al futuro gobierno de la comunidad a saltarse la legislación europea, la española y la catalana. A partir de ahora, los catalanes seremos todos manteros, como los de Barcelona, intocables, campando a nuestras anchas. Viva la República catalana.

Hasta la fecha, la desobediencia -para algunos, de bajo voltaje- ha quedado impune como consecuencia de la irresponsable laxitud de los gobiernos populares y socialistas. Esa dejadez ha sido hábilmente utilizada por el separatismo para conseguir tres objetivos: uno, propagar su ideario por todos los sectores sociales. Dos, transmitir la sensación de que la independencia es, más que posible, inevitable e imparable. Hoy, buena parte de los catalanes sienten que la metáfora que manejaban los convergentes ‘arribarà un dia que caldrà saltar la paret’ está a punto de ser realidad. Y tres, han creado una cultura de la impunidad que ha neutralizado a muchos de los que no compartimos absolutamente nada de su proceso.

En el imaginario independentista, la única vía democrática existente es la que otorga votos a quienes defienden la independencia de esa España opresora que agoniza. O la que sostiene las alcaldías de Barcelona o Badalona. ¿Quién se creen que son los soberbios españoles para juzgar a un presidente de Cataluña, elegido democráticamente?, se preguntan. Por lo tanto, dado que España es incompatible con la democracia, sienten que están totalmente legitimados para desobedecer sus leyes.

Llegados a este punto, todos hemos de ser conscientes que el desafío sólo se puede neutralizar acabando con la impunidad. Sea quien sea finalmente el nuevo Presidente de la Generalidad, seguirá la embriaguez independentista y será inevitable poner en marcha todo el poder coercitivo de la ley, que también es hacer política. Así que quienes han mirado tantos años a otra parte y quienes se han incorporado a regañadientes a la defensa de la unidad territorial de España deben saber que, al respecto, no caben medias tintas, no cabe la frivolidad, no cabe el tactismo, no cabe la ambigüedad.

La realidad es fea pero, aunque implica también riesgo, resulta ineludible afrontarla. No hacerlo supone nadificar los principios y valores democráticos. Existe una propuesta encima de la mesa planteada por Ciudadanos, la formación que lidera Albert Rivera. Desgraciadamente para quienes terminaremos pagando los platos rotos, será rechazada por populares y por socialistas. Sin embargo, apuesten lo que quieran a que ambos partidos estarán de acuerdo en algo: atacar sin piedad a Ciudadanos.

Harán bien los jefes de campaña en calibrar adecuadamente los ataques a la formación naranja. Se ha creado un estado de opinión muy favorable a la formación de Albert Rivera. En España y en Catalunya, en particular. El 20D, los ciudadanos distinguiremos entre la política que construye y la que destruye; entre la que suma y la que resta. Premiaremos y castigaremos. No lo olviden.

José SIMÓN GRACIA

 

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