Artur Mas: morir de éxito

Mucho se habla de Artur Mas, de su liderazgo, de su patriotismo, de su astucia. Sin embargo, cuando acariciaba la gloria de la Mare de Déu de Montserrat escoltado por los rocieros del bastón,  sintió un gélido escalofrío que le hizo retroceder. Todo quedó en manos de los voluntarios, declaró acobardado ante el juez. ¡Qué ocasión perdida para incrementar el martirologio independentista!

A pesar de tenerlo todo y de que todo podía esperarse de él, Artur Mas terminará pareciéndose a una de esas precoces estrellas talentosas a quienes se les atragantó el éxito. El guion apunta a que la decepción será generalizada y que la fractura requerirá costuras potentes.

Mas tuvo los mejores padres y padrinos, recibió de su maestro Jordi Pujol una herencia política -tal vez también económica- considerable y la bendición de propios y extraños. Sin embargo, resultó insuficiente para alcanzar lo que tanto ansiaba: el poder. Ganó las elecciones pero tuvo  que soportar la traición de los perdedores que le negaron la gloria. Durante esos largos años, Artur Mas cambió de rumbo político, no tanto por un cambio de estrategia para perpetuarse en el poder, sino por un sueño de gloria del que ahora empieza a despertar.

Por fin, sus aspiraciones se vieron cumplidas el 23 de diciembre de 2013 cuando fue investido Presidente de la Generalidad de Cataluña. En ese momento, mientras contemplaba el timón colgado en su despacho, decidió que su particular viaje a Ítaca había comenzado.

En la Diada del 11 de septiembre del 2012 recibió su primera revelación divina. A pesar de su ausencia en el acto, Artur Mas se sintió aclamado por una multitud y emprendió su singular cruzada. El 25 de septiembre convocó elecciones anticipadas, dos años antes de lo previsto y perdió doce escaños que resonaron como doce santas hostias.

Como todos los divos, su orgullo le ha llevado a insistir en otros desafíos que le han costado otros tantos fracasos. Y en eso estamos, en un nuevo reto al sentido común. Y, el que quiso ser estadista, ahora se viste de heroico comandante en jefe que dirige a la multitud fiel y patriota hasta la batalla final. Lástima, para él, que, en frente, no tenga un dictador que le otorgue el honor que su historia le niega.

Para su desgracia y para fortuna nuestra, sólo podrá morir de éxito.

José SIMÓN GRACIA

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